Musgo. Autor www.caballano.com

 

www.caballano.com

mail@caballano.com

 

Arriba
Critica
Error
Discusión
Aprecio
Sonrisa
Conversación
Motivación

Gestión Empresarial

Relaciones Humanas

EL ERROR

Puede decirse a la otra persona que se equivoca, con una mirada o una entonación o un gesto, tan elocuentemente como con palabras, y si le dice que se equivoca, ¿quiere que esté de acuerdo con usted? ¡Jamás! Porque ha asestado un golpe directo a su inteligencia, a su juicio, su orgullo, su respeto de sí mismo. Esto hará que quiera devolverle el golpe. Pero nunca que quiera cambiar de idea.

No empiece nunca anunciando: “Le voy a demostrar, o le voy a enseña...”. Está mal. Eso equivale a decir: “Soy más listo que usted. Voy a decirle un par de cosas y le haré cambiar de idea”. Esto es un desafío. Despierta oposición y hace que quien lo escucha quiera librar batalla con usted, antes de que empiece a hablar. Es difícil, aún bajo las condiciones más favorables, hacer que los demás cambien de idea. ¿Por qué hacerlo aún más difícil, pues? ¿Por qué ponerse en desventaja? Si va usted a demostrar algo, que no lo sepa nadie. Hágalo sutilmente, con tal destreza que nadie piense que lo está haciendo.

Es mucho mejor empezar diciendo: “Bueno, mire. Yo pensaba de otro modo, pero quizá me equivoque. Me equivoco con tanta frecuencia... Y si me equivoco, quiero corregir mi error. Examinemos los hechos”. Hay algo mágico en estas palabras. Nadie en este mundo o fuera de él objetará nada si usted dice: “Quizás me equivoque. Examinemos los hechos”. Por otro lado es importante mostrar que error de otra persona no ha tenido unas grandes consecuencias, y que es fácilmente subsanable.

Otra cuestión es cuando el error lo hemos convertido nosotros. Hay un cierto grado de satisfacción en tener el valor de admitir los errores propios. No sólo limpia el aire de culpa y actitud defensiva, sino que a menudo ayuda a resolver el problema creando por el error.

Cualquier tonto puede tratar de defender sus errores, y así todos los tontos lo hacen, pero admitir los propios errores nos eleva por encima del rebaño y nos da un sentimiento de nobleza y exaltación.

Cuando tengamos razón, tratemos pues de atraer, suavemente y con tacto, a los demás a nuestra manera de pensar; y cuando nos equivocamos, muy a menudo por cierto, a poco que seamos honrados con nosotros mismos, admitamos rápidamente y con entusiasmo el error. Esa técnicas, no solamente producirá resultados asombrosos, sino que, créase o no, nos hará comprender que criticarse es en esas circunstancias mucho más divertido que tratar de defenderse.

Admitir los propios errores, aun cuando uno los haya corregido, puede ayudar a convencer al otro de la conveniencia de cambiar su conducta.